viernes, 4 de mayo de 2012

Negro


Aquella nube vaporosa y negra como el fondo de un abismo se extendía por el cielo a toda velocidad. Sus movimientos eran totalmente arbitrarios, o tal vez seguían un extraño patrón indescifrable e incomprensible para la limitada mente humana. Todo era muy extraño, o eso pensó el chico. Nadie parecía percatarse de aquella nebulosa presencia, un mal que los acechaba; nadie excepto él, porque Tristán podía contemplar cada una de sus curvas y cambiantes movimientos
Su origen, al igual que su destino, le era desconocido. Solo sabía que hacía desaparecer todo buen sentimiento, recuerdo o sensación de su interior. Se los arrebataba a la fuerza y sin manera de resistirse. Bajó al salón con cansancio, donde sus padres estaban sentados en un estado vegetativo, como sin alma, sin fuerzas para seguir. Era esa nube. Al principio se asustó, pero seguían vivos, solo que… sin vida.
Salió a la calle; no corría, pues no le quedaban fuerzas. Buscó ayuda, pero era demasiado tarde. La nube se extendía sobre la ciudad, las calles estaban desiertas y la poca gente que las transitaba deambulaba muy lentamente sin rumbo alguno. Parecían no verlo, tenían la vista perdida en el infinito.
Tristán no sabía qué hacer o dónde ir. Por alguna extraña razón él era el único que podía ver aquella nube y el único cuyo efecto podía resistir. De momento.
A pesar de ser poco más de mediodía, era de noche cerrada. Solo la luz de las farolas, que se encendieron automáticamente, alumbraba aquella oscuridad postiza. El muchacho se encontraba muy débil, apenas podía seguir andando. ¿Por qué no dejarse absorber por aquello? No valía la pena luchar.
Pero, entonces, algo se reveló en su interior contra esa idea. Claro que valía la pena. Oír las charlas animadas sobre tiempos pasados de los ancianos, el ir y venir de los ajetreados adultos, las risas y chillidos de los niños. La vitalidad del mundo. Estaba decidido. No quería rendirse. Él era mucho más fuerte que todo aquel mal, y pensaba plantarle cara. Pero, ¿cómo? Sintió nauseas en su interior, se llevó las manos al estómago y, atónito, vio cómo una diminuta esfera de luz penetrante y pura salía de su interior y sin prisa alguna se elevaba frágil pero segura hasta desaparecer por entre la negra masa vaporosa. Entonces, su brillo se hizo más y más potente, los rayos de luz atravesaban las nubes azabaches como espadas recién afiladas y, de repente, una gran explosión luminosa lo cegó por un instante.
Cuando pudo volver a habituar sus ojos, vio que todo volvía a ser como antes, que el gas infecto había desaparecido. Volvía a ser de día y la gente retomaba su actividad habitual sin siquiera darse cuenta de lo que había pasado. Tristán parpadeó un par de veces seguidas mientras intentaba asimilar todo lo que acababa de ocurrir. No podía moverse, pero de su interior surgió una cálida sensación que provocó que una tierna sonrisa se dibujara en su cara.



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