viernes, 16 de marzo de 2012

Retales.

 Sabía que te encontraría aquí- dijo a la habitación vacía, concretamente a un escritorio iluminado por los grandes ventanales que componían lo que se suponía era la pared de aquél gran despacho.
Era tan grande, que podías jugar al golf cuál directivo.
A la izquierda del escritorio, donde había un Mac y una taza de café que aún estaba caliente, se encontraba un sofá de tres plazas color rojo sucio de cuero enfocado estratégicamente hacia las exquisitas vistas de los demás rascacielos que dejaba atrás, la polución apenas hacía visible el horizonte, el sol luchaba por hacerse paso a través de ella sorteando las pequeñas nubes como si de obstáculos se tratasen.
Encima del sofá se encontraba la obra Impression, soleil levant, de Monet. Junto con el sofá, era lo único de color que había en aquella instancia, pretendiendo ser lo más minimalista posible con los colores del ying-yang.
La moqueta silenció los pasos de aquel hombre decidido a encontrarla, pese que la habitación parecía haber sido abandona diez minutos antes. Llegó al escritorio, lo rodeó y apartó el sillón negro dónde ella se sentaba a encontrar nuevos talentos.
Se agachó y la encontró con los ojos cerrados. Tenía la mandíbula apretada esperando y deseando que se hubiese ido, pero cuando escuchó arrastrar la silla, lo supo. Sabía demasiado de ella, la conocía demasiado bien que no podría escapar a no ser que cogiera un avión, y aún así, él sabría el destino.
Abrió los ojos, esperando encontrarse en su casa, mirando al techo en completa oscuridad, pero se encontró con el cielo encerrado en unos ojos, pero esta vez, ese cielo anunciaba tormenta.
-          Si estoy aquí escondida… ¿qué te hace pensar que quiero ser encontrada?-. Él ignoró la pregunta.
-          Después de la reunión…-dijo haciéndose hueco debajo del escritorio. Ella se apartó con tal de no tocarle, no quería ni el menor roce.
Ahora, aquél espacio suficiente para uno se había convertido en una caja pequeña dónde ni siquiera te cabe el pie. Tuvo la sensación de que todo se le venía encima y se sintió claustrofóbica , y no solo por estar allí con él, medio encerrada enfrentándose a su sonrisa, tampoco su alma sabía escapar de la prisión en la que su mirada la había encerrado y ella misma estaba encerrando, en ese momento, sus palabras sin concederles la condicional.
-          …después de la reunión-. Prosiguió una vez acomodado- no te noté cómoda, y pienso…-.Paró para mirarla- pienso que ya ha pasado suficiente tiempo, que ya has huido todo lo que has podido, pero ya es hora de que hablemos. Un año ya es tiempo para acostumbrarse.
Paró y pensó. <<Bien dicho>> se dijo a sí mismo, estaba harto de que le rehuyera.
-          Tienes razón-. Es todo lo que obtuvo por respuesta.
-          Yo…yo sé que…-. No sabía cómo continuar, francamente no se esperaba esa respuesta, de hecho no se esperaba ninguna. Además se había imaginado mil veces la conversación, solo que un poco más teatral, bajo la lluvia de un día de otoño en el parque de siempre, pero, la vida había dado mil vueltas y se encontraban bajo la mesa de un despacho en Los Angeles en medio de un día primaveral. -No hice las cosas bien-. Acertó a decir, las palabras querían tirarse sin paracaídas, pero él no lo permitía, debía hablar con el seguro puesto, hurgar en la herida podría ser demasiado dolor para los dos, pero sobre todo para el juguete roto que tenía enfrente.
Lo que no sabía era que el juguete roto en realidad era una muñeca de trapo que aprendió a coser tras su marcha y que se recompuso con los pocos retales que le había dejado.
Él creía estar viendo a la misma niña de 13 años con la que empezó una amistad que acabaría en una relación años más tarde, pero la ya crecida niña de 22 era una mujer.
-          Daniel- dijo ella serena. – Deja de culparte.- La fiereza pero la tranquilidad con la que dijo esas palabras lo volvió a coger por sorpresa. – Éramos unos críos. No supimos madurar juntos. Estabas descubriendo un mundo nuevo. Estabas convirtiéndote en una estrella. Ahora lo entiendo todo. Me costó mucho chocolate y muchas lágrimas, pero logré comprenderlo.
-          Y… ¿por qué esconderte?
-          No quería enfrentarte. Ha pasado un año, me daba vergüenza el haberme ido sin más, sin avisar a nadie. Supongo que me aterrorizaba afrontar la situación.
Él miró las dos preciosas esmeraldas verdes que ella tenía por ojos, los suyos ya volvían a lucir de un azul claro típico de un día de verano. No quedaba rastro de la tormenta.
Jac no quiso preguntar más, el verle no le había perturbado de una mala manera y eso la estaba consumiendo por dentro. Sin embargo, escuchándole hablar con ese tono tan dulce que solo guardaba para ella, se acordó del por qué se enamoró de él. Y el estar trabajando en el mismo edificio no hacía las cosas mejorar.

Cuando él salió por la puerta satisfecho de haber limpiado todo lo turbio de su pasado, ella meneó la cabeza, lo cierto es que nunca llegó a olvidarle del todo, ella misma dudaba de si quería olvidarle, y el verlo todo el día en fotos, entrevistas y videoclips no hacía la tarea sencilla.
Pero no culpaba al cantante y mucho menos a la persona.
Quizás… volvió a mover la cabeza a un lado y a otro, intentando sacudir ese pensamiento. No estaba pensando la Jac de 22 años, estaba pensando la Jac de 13 en busca de un nuevo cuento de hadas.
Si quería empezar debía hacerlo bien. Debía demostrar que ya no era esa niña, como debía demostrar que él tampoco lo era.
Dos personas nuevas. Dos conocidos muy conocidos.
Se sintió rara, era la primera vez que lo veía cara a cara en un año y no dudó ni un segundo en saber que creía ser merecedora de otra oportunidad y, esta vez, la iba a aprovechar.
Él salió con la misma idea. Solo era cuestión de tiempo.


Nyx.

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