sábado, 18 de febrero de 2012

Los Nueve

El corazón del bosque palpitaba, los árboles se estremecían de arriba abajo y perdían prematuramente sus hojas. Ni un solo animal podía oírse entre la foresta; todo parecía estar muerto.
una sombra cruzó a toda velocidad hileras e hileras de inmensos gigantes arbóreos que perdían color rápidamente. era una figura baja pero ágil, estilizada y femenina. Sus pies descalzos recorrían el suelo seco como si su vida dependiese de ello, y así era. 
Hubo una explosión justo detrás de ella que la lanzó al suelo.

—No... —maldijo al percatarse de que se había torcido el tobillo y no podría seguir huyendo.

Él estaba cerca y ella podía sentirlo. Es un desesperado intento por protegerse, gritó unas palabras en algún idioma desconocido pero infinitamente hermoso y la vegetación cercana, árboles y arbustos, la rodearon y protegieron, creando una cúpula vegetal y tupida que la sumió en una total oscuridad. Por un momento, dejó de respirar.
Sabía que aquello no lo pararía, pero no podía hacer otra cosa. Había perdido sus alas, no podía seguir corriendo... Solo le quedaba la magia. Pero, en ese campo, él ganaría. Estaba allí, ya había llegado y observaba aquel ridículo y patético intento por protegerse de él. Pero la había perseguido desde hacía eones y a través de infinidad de mundos. Ya la tenía, lo había conseguido. Con un movimiento imperceptible e su mano, hizo que el refugio de la dama estallara en llamas. Su tenebrosa risa se vio eclipsada por un grito agónico.

—¡Ülifta-voh! —consiguió articular la muchacha.

El fuego desapareció inmediatamente, extinguido por una súbita ráfaga de aire.

—Ni lo intentes —le aconsejó su enemigo, socarrón.

—Lema sok... —intentó decir, pero este apareció junto a ella y la cogió por el cuello, levantándola un par de metros del suelo.

—No eres rival para mí, y lo sabes —bisbisó con un siseo cargado de odio—. Tu poder es tan... insignificante... Pero, aún así, debes morir.

Apretó los dedos entorno a su cuello y clavó sus sucias uñas en él. La joven iba a morir, no podía evitarlo, pero combatiría hasta el fin y trataría de proteger a los suyos. Sin casi vida en sus cristalinos ojos, consiguió estirar uno de sus brazos y, pillándolo por sorpresa, lo tocó en la sien. Entonces, un brillo cegador iluminó aquel punto y los dos cayeron al suelo: ella, muerta, y él, desprovisto de su visión para siempre. Aquello sería su maldición, aunque no lo pararía a la hora de conseguir su propósito: acabar con Los Nueve.



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