sábado, 3 de diciembre de 2011

Inseguridades

Entraba por la puerta de su casa, era una casa normal. Al entrar había un gran pasillo que llevaba al comedor, en él había cuadros cuando menos curiosos, y la pared pintada de un amarillo enfermizo que a Mark no le gustaba nada, pero no era una opción. A la derecha, nada más entrar se encontraba una claustrofóbica cocina, pero bastante bien para ellos dos... «el día que la familia se amplíe...», pensaba él. Porque él sí quería ampliarla, pero no había ocasión. Su mujer tenía demasiado miedo, ya sufría bastante por él, innecesariamente.
La verdad, de la casa no es que le importase mucho, como cada día, sólo quería llegar el duro trabajo que suponía la obra para él y encontrarse con su mujer, más que nada con una sonrisa detrás de esos dientes.
−¿Estás bien? −dijo Susan mientras él se sentaba en el sofá, con un gran soplido. La miró con ojos suplicantes, movió la cabeza suavemente de arriba a abajo. No vio reacción, los ojos de ella estaban llenos de una preocupación constante. Susan se sentó a su lado, poniéndole una mano sobre la espalda ya que él había escondido su cara entre sus manos. −Mark... −Pero no pasó nada. Comprendió que se quería quedar sólo, y su espacio le dejó.
Mientras ella estaba poniendo la mesa, él se acercó por su espalda y la agarró por la cintura cariñosamente, ella, notablemente nerviosa se deshizo de sus fuertes brazos.
−Vamos a cenar... −dijo esta mientras su voz temblaba. Resopló, por quinta vez. «¿Es que no tiene sangre en las venas? ¿Cuándo la perdió?» Se lamentaba él cada vez que lo intentaba.
−¿Por qué no quieres tener un hijo? −mencionó él de repente, captando toda su atención.
−Yo... yo... −balbuceó ella nerviosa, lanzándose la gran mata castaña de pelo hacia atrás.
−Sí tú, ¿Por qué...? –quiso argumentar él, dejando su tenedor encima del filete. El plato era viejo, los tenían de la herencia que la madre de Susan les había dejado.
−No podemos afrontar todo el dinero que supone un hijo...
−Puedo cambiar de trabajo, puedo... Puedo conseguir uno nuevo. Lo sabes.
−Pero yo...
−Así que dime Susan... ¿cuál es la verdadera razón por la que no quieres un hijo mío?
−¿Qué quieres, que me dé un ataque? ¿Eso es lo que buscas? Sabes por lo que estoy pasando, me preocupo por ti, intento que todo esto vaya bien, pero solo encuentro reproches de por qué no hay un niño corriendo. ¿Y si le pasa algo?
Aquel hombre miró a la mujer que ahora le gritaba. ¿Cuándo se había convertido en eso? La miró preocupado, sin saber qué decir o cómo reaccionar.


Nyx.

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